Hay personas a las que conocemos.
Y personas a las que creemos conocer.
La diferencia entre ambas cosas puede ser enorme.
Y El Plan C, de Anna Pólux, juega muchísimo con ella.
Sandie Davies y Elizabeth Cooper parecen, en principio, bastante fáciles de clasificar. Sandie es descarada, provocadora, impulsiva, tremendamente segura de sí misma y posee un talento especial para conseguir que Elizabeth quiera estrangularla varias veces al día.
Elizabeth, por su parte, es orden, control, planificación y una capacidad extraordinaria para levantar defensas.
Una provoca.
La otra contraataca.
Y vuelta a empezar.
Sus conversaciones tienen algo de partido de tenis: pulla, devolución, otra pulla, nuevo golpe desde el fondo de la pista y, cuando parece que alguna podría dejar pasar la pelota…
Ni hablar.
Y funciona extraordinariamente bien.
Porque buena parte de la personalidad de El Plan C está precisamente ahí: en unos diálogos que no sirven únicamente para hacer avanzar la historia, sino para construir a sus protagonistas.
Sandie y Elizabeth tienen una manera muy particular de comunicarse.
Se atacan.
Se provocan.
Se desesperan.
Se juzgan.
Y, mientras tanto, van diciendo bastantes más cosas de las que aparentemente están diciendo.
Ahí es donde Anna Pólux consigue que el humor haga mucho más trabajo del que parece.
La ironía, los juegos de palabras, las comparaciones imposibles, los pensamientos de sus protagonistas y ese intercambio constante de golpes verbales hacen que la lectura tenga un dinamismo que probablemente desaparecería si elimináramos el humor.
No es un añadido.
Es parte de la identidad de la novela.
Y también de sus personajes.
Especialmente de Sandie.
Su descaro ante la vida y su provocación constante hacia Elizabeth proporcionan algunos de los momentos más divertidos, pero quedarse con esa versión de ella sería comprar exactamente la primera impresión que la propia novela nos invita a cuestionar.
Porque Sandie parece muy fácil de definir.
Hasta que deja de serlo.
Y Elizabeth también.
Eso es, probablemente, una de las cosas que más me interesan de El Plan C: la distancia entre quién es una persona y quién hemos decidido que es.
Anna Pólux trabaja mucho con esa diferencia.
Con las etiquetas.
Con las primeras impresiones.
Con esa tendencia tan humana a observar a alguien, encontrar tres o cuatro características que parecen encajar y decidir que ya tenemos suficiente información para completar el resto.
Y somos buenísimos haciéndolo.
También equivocándonos.
Sandie y Elizabeth se miran inicialmente desde lugares muy concretos y cada una parece tener perfectamente catalogada a la otra.
El problema aparece cuando la persona real empieza a no caber dentro de la categoría que le habían asignado.
Y ahí la novela se vuelve bastante más interesante.
Porque detrás del descaro puede haber cosas que el descaro oculta.
Y detrás del control también.
Anna Pólux no necesita transformar de repente a sus protagonistas en personas distintas para enseñarnos otras capas. Siguen siendo reconocibles incluso cuando empezamos a descubrir que nuestras primeras definiciones eran demasiado sencillas.
Eso me gusta especialmente.
Porque una cosa es desarrollar un personaje.
Y otra muy diferente sustituirlo por otro a mitad de una novela.
Aquí hay continuidad.
Las contradicciones no necesariamente invalidan aquello que ya conocíamos de ellas; lo amplían.
Y quizá por eso resulta tan entretenido observarlas juntas.
Porque mientras ellas están convencidas de estar midiéndose constantemente, la lectora puede empezar a sospechar que algunas de las certezas con las que ambas afrontan al otro lado de la pista no son tan sólidas como creen.
Y no pienso contar cuáles.
Otro de los aciertos está en la manera en que Anna Pólux utiliza la vulnerabilidad.
No necesariamente enseñándola de frente.
A veces es bastante más interesante observar los mecanismos que utilizamos para impedir que alguien llegue hasta ella.
Una broma.
Una provocación.
Una respuesta cortante.
Una planificación obsesiva.
Una etiqueta colocada a tiempo.
Una manera de mirar hacia otro lado.
Cada persona construye sus defensas con los materiales que tiene disponibles.
Y Sandie y Elizabeth disponen de un arsenal considerable.
Por eso, debajo de la comedia romántica, de las pullas y de situaciones que pueden llegar a ser deliberadamente disparatadas, hay espacio para hablar de cosas bastante menos ligeras: de heridas que continúan condicionándonos, del miedo a confiar, de las ideas preconcebidas, de las relaciones pasadas y de lo complicado que puede resultar permitir que alguien nos conozca cuando hemos aprendido que mostrarnos también implica exponernos.
Pero El Plan C no necesita abandonar el humor para hacerlo.
Y creo que ahí está una de sus virtudes.
Puede ponerse seria sin convertirse necesariamente en solemne.
Puede dejar caer una cuestión emocional y, poco después, devolvernos a Sandie y Elizabeth lanzándose otra pelota a la cabeza.
Metafóricamente.
Bueno.
Con ellas tampoco pondría la mano en el fuego.
Anna Pólux escribe con agilidad, se apoya muchísimo en el diálogo y tiene una ironía que atraviesa tanto la narración como la forma en que sus protagonistas piensan.
Pero si tuviera que quedarme con algo, no sería únicamente con que me haya hecho reír.
Me quedaría con la manera en que Sandie y Elizabeth se definen mutuamente.
Porque hay algo muy reconocible en observar a otra persona a través de nuestras propias certezas y descubrir, quizá demasiado tarde, que llevábamos un buen rato confundiendo lo que creíamos saber con lo que realmente sabíamos.
Y Anna Pólux juega con ello sin renunciar a la diversión.
Así que podría recomendar El Plan C por su ironía.
Por sus juegos de palabras.
Por sus diálogos.
Por el contraste entre sus protagonistas.
Por Sandie consiguiendo sacar de quicio a Elizabeth.
O por Elizabeth intentando mantener intactas unas defensas que parecen construidas con hormigón armado.
Pero creo que la recomendaría, sobre todo, por las dos juntas.
Por ese particular partido de tenis en el que ninguna parece dispuesta a dejar de devolver la pelota.
Y por todo lo que puede llegar a esconderse entre golpe y golpe.
Y hasta aquí puedo leer.




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