Hay personajes que funcionan dentro de una historia y personajes que terminan convirtiéndose en la forma desde la que miramos esa historia.
Iska Harrak es de las segundas.
Y probablemente ahí esté lo que más he disfrutado de La coleccionista de insectos, de Clara Ann Simons.
Porque Iska observa mucho, analiza todavía más y, sobre todo, da por sentadas muy pocas cosas. Eso permite a Simons hacer algo especialmente interesante: utilizar una mirada diferente para obligarnos a revisar la nuestra. De repente, algunas costumbres, determinados comportamientos y unas cuantas cosas que hemos aceptado como perfectamente normales quizá no lo parezcan tanto.
Y no hace falta subrayarlo. Está ahí.
A veces convertido en crítica social, otras en una reflexión que dura apenas unas líneas y bastantes veces, afortunadamente, en humor.
Porque Iska tiene puntazos.
Unos son deliberados. Otros probablemente no. Y estos últimos son mis favoritos.
Clara Ann Simons tiene una escritura directa y mordaz que encaja especialmente bien con una protagonista cuya lógica puede resultar tan fascinante como incómodamente eficaz. Hay algo muy divertido en encontrarse con un personaje capaz de mirar una situación aparentemente corriente y desmontarla simplemente porque no acepta las mismas premisas que los demás.
Pero reducir a Iska a eso sería quedarse muy corta.
Su construcción tiene bastantes más capas de las que parece inicialmente y Simons hace algo que agradezco especialmente: no necesita explicarlas todas. Deja que aparezcan poco a poco, muchas veces escondidas en detalles que parecen pequeños hasta que empiezas a darte cuenta de todo lo que están diciendo sobre ella.
Y eso me gusta mucho más que cuando una novela se empeña en explicarme constantemente quién es un personaje.
También ocurre con quienes la rodean. Los secundarios tienen suficiente personalidad como para no sentirse meros instrumentos de la trama. Algunos me gustaron enseguida, otros necesitaron algo más de tiempo y alguno consiguió que rectificara por completo una primera impresión.
Siempre me parece una buena señal cuando una novela consigue hacerme eso.
La relación entre las protagonistas está integrada con la misma naturalidad. No necesita convertirse en una declaración de intenciones ni hacer de la orientación sexual de sus personajes el centro de su identidad. Está ahí porque forma parte de quienes son.
Y funciona.
La coleccionista de insectos se mueve entre distintos géneros sin que ninguno termine por explicar completamente qué clase de novela tenemos entre manos. Hay suspense, elementos que nos acercan a la ciencia ficción, una vertiente policial y una relación entre mujeres, pero mi interés acabó estando en otro sitio.
En Iska.
Y resulta difícil explicar exactamente por qué sin empezar a contar cosas que creo que esta novela necesita que cada lectora descubra por sí misma.
Porque hay una pregunta alrededor de ella que sobrevuela buena parte de la lectura. Y cuanto menos se sepa antes de empezar, mejor.
Yo entré sabiendo poco.
Y me alegro.
Sí puedo contar que hubo un momento en el que la novela terminó de atraparme. Había hechos encima de la mesa. Había una explicación racional que empezaba a resultar complicada. Y, aun así, aceptar determinadas posibilidades parecía todavía más difícil.
Me gustó especialmente porque plantea una cuestión que me acompañó durante buena parte de la lectura: ¿qué hacemos cuando aquello que tenemos delante contradice lo que sabemos que debería ser posible?
A partir de ahí, mejor callarse.
Hablar demasiado de Iska supone empezar a robarle cosas a quien todavía no la conoce y yo prefiero presentaros a Iska sin explicaros a Iska.
Es bastante más divertido.
Lo que sí puedo decir es que Clara Ann Simons ha construido un personaje femenino con una enorme capacidad analítica, una inteligencia muy estratégica y una personalidad lo suficientemente marcada como para que, después de terminar la novela, resulte fácil imaginarla mucho más allá de estas páginas.
Y eso dice bastante de la solidez de un personaje.
También me ha gustado especialmente cómo utiliza Simons su perspectiva para hablar de cuestiones mucho más grandes sin convertir la novela en un discurso. Su manera de mirar permite que aparezcan preguntas sobre nuestra propia forma de vivir sin necesidad de detener la historia para formularlas expresamente.
Algunas hacen gracia. Otras dejan pensando.
Y quizá ahí esté una de las cosas que más he disfrutado: llega un momento en que una empieza a preguntarse si lo verdaderamente extraño es aquello que está observando Iska o que nosotros hayamos dejado de verlo.
Por eso podría decir que La coleccionista de insectos gustará a quienes disfruten del suspense con un punto de ciencia ficción y una vertiente policial suave, o a quienes busquen una novela con una relación entre mujeres integrada con naturalidad.
Pero mi recomendación sería bastante más sencilla.
Leedla por Iska.
Y procurad saber lo menos posible sobre ella antes de hacerlo.
Yo me lo he pasado muy bien descubriéndola.
Y hasta aquí puedo leer.



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